Nadie nos lo dice así de directo, pero somos: los gerentes de nuestra propia vida.
Si bien, a lo largo de nuestro desarrollo, pasamos por diferentes “gerencias” que nos guían en lo que forjamos nuestros propios criterios. En un principio, nuestros padres, maestros, después, asesores, líderes de trabajo, en tanto que la intención es darnos los lineamientos básicos para pertenecer y desenvolverse en un mismo sector social, familiar, laboral, etc.
Pero llega un momento en el que la responsabilidad de continuar forjando ese camino que es el nuestro, respetando o cuestionando y desafiando creencias, ya no recae en el juicio de alguien más, sino en el nuestro, y no siempre nos damos cuenta de que es nuestro turno, ni siempre estamos preparadas para tomar la gerencia.
La que aprueba las decisiones, la que fija las prioridades, la que decide qué entra a la agenda y qué se queda esperando “para después”. El puesto ya lo tienes, lleva tu nombre desde que naciste. La pregunta es si lo estás ejerciendo, o si se lo delegaste a la inercia. Y eso, ¿qué resultados te está dando? ¿Hacia dónde te está llevando?
Y ojo, no sólo se trata de las decisiones que estamos tomando o dejando pasar, sino también de con qué ritmo y qué tono estamos marcando nuestra vida. Y ahí es donde entra algo con lo que casi nunca conectamos en el liderazgo: la actitud con la que llegamos a cada día. No es lo mismo despertar y dejar que el primer scroll del celular decida tu estado de ánimo, que despertar y decidir tú, antes de que nada ni nadie más lo haga por ti, qué, hacia dónde, y con qué energía vas a entrar a tu propio día.
He aprendido, entrenando y compitiendo en carreras por casi 20 años ya, que el ritmo con el que arrancas casi siempre predice cómo terminas. Salir con ansiedad, apurada, comparándome con el paso de alguien más, me cobra caro al kilómetro 30. Salir con una actitud clara — este es mi ritmo, este es mi plan — pone en perspectiva todo lo que viene después.
Con la vida pasa exactamente igual. Procurar una actitud no es por decoración, es para mantener el ritmo que te va a sostener (o no) en las decisiones difíciles.
Y no estoy hablando de actitudes de esas que intentan estar siempre felices, esas no son sostenibles, hablo de actitudes resilientes, que si se caen – se levanten, que si se rompen – se reparen, que si se pierden – sepan dónde buscarse, encontrarse y resanarse, y sepan cómo, y con quién refugiarse; Si, porque una actitud genuinamente poderosa, no se construye a solas, y muchas más veces de las que lo aceptamos y divulgamos, incluye lágrimas.
Ser gerente “CEO” de tu vida no significa tener todo resuelto ni controlado o ser siempre sonrisas. Significa ser consciente de cómo tomas las decisiones de tu vida en tu día a día, qué haces: ¿accionas o reaccionas?
No sólo lo fácil, también cuando algo sale mal. Cuando un plan se cae, una meta se atrasa, un día se complica, ¿qué decides? Y ¿con qué actitud actúas? Una actitud potente decide resolver; no reprochar, justificar, ni renunciar.
Esas decisiones que tomas a pesar de tu comodidad y de tus miedos, forjan tu actitud. Ese carácter perseverante y decisivo que construyes día tras día, incluso en los días complicados, defiende el rumbo de la empresa que eres tú y marca el ritmo hacia lo lejos que quieres llegar.
¿Quién decide tu primera acción apenas abres los ojos? ¿Tú o la costumbre?
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