¿Se te va el día cuidando todos los detalles de lo que “tienes” que hacer para mantenerte saludable, activo, productivo, y que esto a la vez no te sobrepase?
¡Llenamos nuestra agenda de intenciones para nuestro bienestar, pero al final del día, ese “plan de autocuidado” resulta más una carga que una ayuda!
Cuando vives de propuestas ajenas, intentos y anhelos: “intenta esto”, y “debería hacer aquello”, “desearía”, “si tan solo”, “quisiera”, mantienes una parte de tu cerebro al borde del colapso en el abismo de la incertidumbre y las expectativas idealistas e inalcanzables. Sobre todo si algo no te convence, no estás segura de qué te va mejor, qué sirve y qué no, cómo haces una u otra, y terminas desbordada, descartándolo todo.
Aquí te va una verdad incómoda: Tener la intención de cuidarte drena más energía que simplemente hacerlo.
Y aquí va la buena noticia: La verdadera paz no viene de tener muchas muy buenas intenciones, sino de que tengas la claridad y la confianza de que eres capaz de hacer y resolver lo que sea que decidas implementar.
Ojo que la confianza no es saber cada paso que hay que dar; es tener la certeza de que vas a aferrarte a tu objetivo, aun a pesar de los imprevistos que se te presenten. En mi libro de “El Monstruo que habita en mí”, hablo de que si nos quedamos sin ganas de continuar, sin motivos para perseguir nuestra meta, encontremos excusas para no dejarla ir, que nos volvamos necios de ella.
La claridad se da, no cuando te explican todo con puntos y comas y te vigilan y opinan a cada paso del camino, sino cuando confías en tu capacidad de ejecutar, resolver, improvisar y continuar. Y lo que haces, y lo que logras, se siente bien.
Es entonces cuando el compromiso deja de ser una obligación tediosa y se convierte en una consecuencia natural de tu actuar. Ya no “intentas”; simplemente decides y actúas: haces porque quieres, no porque debes. Te comprometes porque sabes que puedes.
Si confías genuinamente en ti, no hay cabida ni para el miedo ni para la duda ni para las sugerencias externas.
Sube tu nivel de confianza y simplifica tu bienestar:
- Deja de “comprar” rutinas ajenas: Si no te convence, no lo hagas. El bienestar que te drena no es saludable, es destructivo. Elige solo lo que tú decidas que te sirve. Claro, si es algo delicado, acude a los expertos, no a los colegas ni a las redes sociales, que saben lo mismo o menos, que nada.
- Cierra el abismo de las expectativas: Cambia el “debería” por el “quiero hacer”. Una sola acción real vale más que diez intenciones ideales en tu agenda.
- Sé necia con tu objetivo: Cuando el plan falle o los imprevistos lleguen, no sueltes la meta. Improvisa el “cómo”, pero mantén el “qué” como algo NO negociable.
- Decide por convicción, no por deber: Hazlo porque sabes que eres capaz de resolverlo, no porque alguien te lo sugirió. La confianza en tu propia capacidad es lo único que mata al miedo y a la duda.
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